martes, 23 de agosto de 2016

Tía Cándida

Ese momento, cuando llega, es difícil de asimilar, lleva mucho más tiempo aceptarlo y seguir adelante.

Que esto último sea posible, no lo sé, no he perdido a alguien tan cercano a mi como para plantearmelo, no quiero que suceda aunque las leyes de la vida así lo dicten.

Ayer por la mañana se fue mi tía Cándida, no escuché muy bien si tenía 83 u 86 años, pero en estos tiempos que vivimos alcanzar esa edad ya es todo un logro. Esa señora era calidá, nunca dejó de sonreír y de querernos muchísimo.

Recuerdo que cuando era niño, mi papá y ella solían tomarse un octavito en la tienda (parrandera, si), justamente era yo quien tenía que ir a comprarlo a una tienda que ya no existe. Lo bonito no era que bebieran, sino que platicaban, molestaban, se mataban de la risa y no por culpa del alcohol precisamente, ella era bromista y bastante ocurrente.

Con el paso del tiempo a ella se le dificultó salir de su casa, aunque no dejó de visitar a otra tía que vive a la par. Estando ahí se sentía feliz. Mi mamá me contó que ella cantaba, molestaba, se echaba sus gritos a viva voz y tenía dibujada una sonrisa, seguramente la tía tiene un afecto especial por sus sobrinas vecinas, siempre la tuvieron contenta y, a escondidas de la familia con quien vivía en su propia casa, se echaba un su traguito, lo cual la ponía más feliz, evidentemente.

Sólo recuerdos nos deja, junto a una tristeza muy grande, como cuando cualquier familiar que se da a querer por todos, nos deja.

Personalmente, recordaré siempre el cariño que me tenía, la alegría con la que vivió el hecho de que me graduara, y que siempre preguntaba por mi si no me veía en cierto tiempo. Imposible será olvidar a la viejita que nos quería a mis primos y a mí como sus propios nietos, si algo tenían en común ella y mi abuela es la sencillez de sus vidas y su amor incondicional para nosotros, su familia. El reencuentro en el cielo ya está hecho.

Descanse tía, estamos tristes, pero felices que se haya ido en paz y sin haber sufrido.


Es complicado verlo desde esta perspectiva en estos momentos, pero, quizás, somos egoístas cuando un familiar al que queremos tanto nos deja. Pensamos en quién estará ahí para nosotros, quién nos aconsejará, nos guiará... pero no pensamos que, tal vez, este familiar está ya en paz y gracia, como lo promete la religión o Dios o quien sea que lo prometa. Nosotros seguimos, porque no hay de otra, de repente algun día los alcanzaremos, pero hay que dejarlos descansar, tratar de ser fuertes y aceptar la idea de que están mejor que nosotros, que su sufrimiento acabó y ahora solo nos esperan.

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